La película “El Inadaptado” (2006) nos muestra el escenario de un mundo tan aparentemente ideal como ilusorio o irreal, donde ni siquiera la muerte existe, y todo sucede en un bucle sin fin.

Así comienza con una escena de una pareja besándose en la estación de metro, pero de una forma más bien mecánica, en un gesto devorador el uno del otro, pero que no trasluce pasión o sentimiento alguno. Y al protagonista, Andreas, en un ademán de tirarse a las vías, que nos anticipa un posible final que no se llevara a efecto, ya que no llega a morir.

Entonces le vemos en “lo que parece” el verdadero comienzo de la historia, la llegada de un viaje en autobús que le traslada a un lugar inhóspito y vacío, lo que podría ser una estación de servicio o lugar de descanso para los viajeros abandonado. Allí lo recibe un hombre fríamente salvo por la formalidad de un cartel que le da la bienvenida, que es retirado y vuelto a colocar cada vez que llega alguien, lo cual resulta también un sin sentido ya que por allí no transita intuimos más que esa gente.

Pareciera que toda su vida en ese lugar al que es llevado estuviera decidida, la casa en la que vivirá, la ropa, el trabajo etc… lo que por un lado puede resultar muy cómodo al no tener que preocuparse por mantener las necesidades básicas cubiertas, siendo en ese sentido ideal. En el trabajo todos son amables y la tarea que se le encomienda resulta sencilla, todo es perfecto e insustancial, tanto que Andreas llega a preguntarse si algo puede dañarle, o ponerle en falta, poniéndose a prueba al meter el dedo en la cortadora de papel. Y sí, se corta el dedo, y a pesar de lo aparentemente dramático  de la situación, el dedo vuelve a su sitio mágicamente antes de que termine el día.

Enseguida consigue integrarse con sus compañeros de trabajo, adaptándose a su estilo de discurso, que suelen ser conversaciones banales sobre objetos materiales, cómo decidir un tipo de sofá, nunca expresan ningún sentimiento o valoración más personal. En una cena con ellos conoce a una chica con la que pronto inicia una relación y se va a vivir con ella, algo que hubiera podido ser un estímulo en su anodina vida, sin embargo a ella al igual que a los otros nada más parecen interesarle las cosas materiales, en una continua reestructuración insatisfecha de su casa (simbolizando suponemos el descontento con la propia identidad) a la vez que utiliza a Andreas para llevar a cabo el trabajo duro en estas reformas, aparte de como objeto sexual en encuentros carnales de carácter frío y mecánico.

Si Andreas hace el intento de mostrar algo más profundo e íntimo de sí, como cuando una noche se despierta abrumado por un sueño e intenta compartirlo, ella lo reprime con violencia, mostrando un rechazo patente a todo lo que amenace con romper el frágil equilibrio que sostiene su existencia.

Buscando sentir algo de vitalidad se interesa por otra chica, de apariencia muy dulce y complaciente (en la promesa tal vez de sentirse más reconocido), eso y el aliciente de lo prohibido parecen reanimarle. Finalmente se decide a dejar a su pareja, aunque en respuesta ella no muestra ningún sentimiento de despecho ni de tristeza por el abandono.  

Con la otra chica el desenlace tampoco resulta mejor, durante la cena romántica que prepara para ella se da cuenta de que no significa nada para ella, que le considera uno más de entre sus varios amantes, y que de nuevo nada más siente interés por lo material, estar con él para “tener una casa más grande”.

Privado de todo lo que serían las gratificaciones humanas decide suicidarse, pero ni esto se le logra, ya que sobrevive después de ser reiteradamente arrollado por el metro. Y a pesar del aspecto lamentable en que queda, todo resulta de nuevo pura apariencia.

Por un lado están las apariencias pero a la vez hay momentos en que la brutalidad de lo real irrumpe en escena, como “un hombre atravesado en unas rejas con las vísceras fuera” que podríamos interpretar tal vez como un suicidio, y ante el cual todo el mundo permanece insensible, y es retirado como un vulgar desecho. Simbolizando tal vez aquello real no tramitado, lo traumático atravesando las entrañas, y su consecuencia la muerte psíquica o afectiva (representada a través de lo corporal escindido o disociado).

Nada sabe a nada (hay comida pero no tiene sabor), nada estimula en ese lugar gris, ni parece despertar ningún sentimiento, aunque todos se muestran satisfechos con esa existencia vacía, fría, materialista, e insulsa. Únicamente Andreas parece no encajar en este escenario, y un hombre que vive en el subsuelo del edificio, desde donde percibe cierto atisbo del otro mundo, el vivo y real, a través de una pequeña grieta o abertura en la pared, hasta allí llega música y risas de niños (que en ese otro mundo no existen).

Sin embargo Andreas es el único capaz de revelarse, y mostrar una oposición abierta al mundo muerto, mientras el hombre del subsuelo intenta adaptarse y pasar desapercibido en su disconformidad, allí oculto. Es por lo tanto “el Inadaptado” como el título del film, y por ello va a ser desterrado a no sabemos muy bien donde, pero parece un desierto helado sin nada ni nadie. Metáfora tal vez del destino del hombre posmoderno que se ve forzado a adaptarse a una sociedad insana, disociada de la vida afectiva, so pena de quedar aislado.

Andreas intenta escavar un túnel que le lleve al mundo de los vivos, donde todo tiene color, sabor (como el bizcocho casero que consigue arrebatar del otro mundo), hay imperfección y hay alegría como las risas de los niños, pero es atrapado por los policías antes de que pueda introducir algo más que la mano para arrancar el pastel. Antes de despedirle en un coche de apariencia fúnebre, le aseveran que ahí la gente es feliz y no necesita nada más de aquello que él busca desesperadamente.

De nuevo la pared de la huida será sellada, para mantener ambos mundos apartados, escindidos, a pesar de estar tan cerca uno del otro.

Y todo permanece como en un aislamiento esquizoide, en un “como sí” de la realidad que se escurre entre los dedos, como el bizcocho arrebatado de Andreas.

 

EL INADAPTADO: Una metáfora de la insatisfacción en la posmodernidad

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