A lo largo de la historia del psicoanálisis en su conceptualización teórica “el inconsciente o mejor dicho lo inconsciente” ha sido concebido de distintas maneras, fundamentalmente desde su fundación por parte de Freud se entendía como el espacio mental al que eran relegados todos los contenidos mentales o representaciones que entraban en conflicto con otro tipo pensamientos o afectos conscientes e implicados en la adaptación del individuo al contexto social y cultural.

El inconsciente era visto así como el depósito de todos los desechos mentales y de los impulsos más primitivos, las pulsiones agresivas y sexuales (inconsciente pulsional), que eran marginados de su acceso a la vida consciente a través sobre todo de mecanismos de defensa como la represión.

Posteriormente otros autores describieron otras modalidades de inconsciente, así por ejemplo Jung describió lo que llamó “el inconsciente colectivo” que daba gran amplitud a la concepción original incluyendo en este toda una complejidad de configuraciones mentales que iban más allá de la experiencia concreta individual trascendiendo ésta a través de lo que llamó los “arquetipos” y que serían como el residuo de la herencia cultural sobre el individuo.

Lacan definió al inconsciente como estructurado como un lenguaje, lo que se podría denominar como “el inconsciente sémico o semántico” y que constituye la base del lenguaje y de la reflexión consciente.

Se ha descrito entre otros también un inconsciente social (Horney, Sullivan, Fromm…), un inconsciente intimativo o afectivo que estaría más directamente implicado en la vida emocional tal y como la percibimos, así la inclinación o rechazo que sentimos hacia personas o situaciones y el tipo de vinculación con estas provendrían de aquí. Estos últimos tipos de inconsciente tendrían un carácter más superficial o cercano a la conciencia, si concebimos la mente como distintos estratos o niveles más o menos diferenciados.

Luis Cencillo describió lo que llamó el “inconsciente Radical” que sería el estrato más profundo y que describe como “la vida psíquica pura en su contacto cognitivo inmediato con los demás procesos y episodios”, a través de este estrato obtendríamos un contacto con la realidad que es incluso previo a la captación a través de los sentidos, así nos permite por ejemplo hacernos una impresión de una persona al primer golpe de vista aun antes de llegar a un procesamiento sensorial y complejo.

Todos los aportes que se han hecho en este sentido nos descubren que la mente lejos de tener una diferenciación clara y simple como podría ser consciente vs inconsciente, se constituye a través de múltiples niveles de estructuración que podríamos decir que van de lo más primitivo a lo más evolucionado o complejo, de lo más profundamente inconsciente a lo más superficial y consciente, de lo más puramente visceral pasando por lo afectivo hasta llegar a los niveles más elaborados de pensamiento y propiamente simbólicos.

Sin embargo el ser humano está atravesado por su capacidad de representación simbólica o de significación desde sus estratos más básicos y que lo pone en comunicación con una corriente de flujo continuo de información a los distintos niveles (proveniente tanto de fuentes externas como internas), y esto es lo que permite la modificación de la estructura de personalidad hasta en lo más hondo.

Esta pregnancia simbólica es lo que justifica la efectividad de la psicoterapia para resolver todos los trastornos mentales, ya que al situarse la persona en un ambiente sobredeterminado simbólicamente como es el espacio terapeútico a través de la relación transferencial, permite que esta experiencia induzca una modificación progresiva de las estructuras psíquicas, a través de su reparación, reconstrucción y progresiva complejización.

La labor en psicoterapia según lo vemos no consistiría básicamente en hacer consciente lo inconsciente como entendió Freud, o no de forma tan simple, entendemos que sería un proceso en el que a través de la relación terapeútica fundamentalmente se van reviviendo experiencias que obstaculizaron o deformaron el desarrollo en el pasado pero que se pueden reparar ahora y promover el crecimiento que quedo detenido, y donde la elaboración consciente no sería más que uno de los momentos  que permite algo así como la integración de la experiencia para dar paso a lo nuevo, pero el cambio ya ha tenido que ir siendo incoado desde lo profundo en fases anteriores, aunque apenas nos percatemos del mismo. Esta toma de conciencia, que además suele surgir espontáneamente, sería más bien algo así como el último acabado, el paso final desde una movilización profunda.  

Tiene sentido que esto suceda así, que el proceso de transformación permanezca en cierta manera invisible pero que culmine en esa integración a nivel de la conciencia, así el objetivo no sería hacer consciente lo inconsciente, sino modificar el inconsciente para que devenga la consciencia, el nivel más evolucionado de la mente humana.

Solemos ver que es cuando la persona hace un avance cuando está preparada para hacer una elaboración de la experiencia pasada y no al revés, dando así el último giro hacia el cambio, como ocurre con ciertos animales que pierden la piel antigua una vez se ha producido la metamorfosis interna.

Una persona puede llegar a tomar conciencia de cómo le han afectado las experiencias infantiles y no cambiar su conducta en absoluto, luego ese no puede ser el objetivo.

El cómo se va dando esta modificación ocurre como decimos que en principio no es algo visible al producirse desde esos estratos básicos del inconsciente y que no empieza a adquirir representación más clara sino llegando al final de cada fase. Así los primeros sueños de cada fase terapeútica son confusos o poco diferenciados, y sólo se hacen claros llegando el momento crítico, como bien describió Cencillo.

Gran parte del proceso de tratamiento en psicoterapia consistirá por lo tanto en un progresivo crecimiento o reconstrucción de las estructuras psíquicas, construir algo nuevo que no estaba, aprovechando esta tendencia natural del ser humano a la mejora continua. Y no es sólo aplicable a los trastornos más graves, entendemos, aunque parezca más evidente a estos. Todos los síntomas mentales se pueden entender como un indicativo de que la personalidad en alguna medida no llegó a integrarse del todo, o desarrollarse en toda su potencialidad.

Entendemos lo simbólico aquí descrito en un sentido amplio, no únicamente aquello que pasa a través de la palabra, si no como que para el ser humano todo significa, o representa algo más allá del objeto o acto en sí. Es así que un pequeño gesto del terapeuta puede tener una gran significación para el paciente más allá de la intención de este, e inducir modificaciones de las que apenas son conscientes los dos. Es decir el impacto de la experiencia no depende de que esta sea consciente, pero tampoco significa que la misma carezca de valor simbólico en otro nivel, como para llegar a considerarlo un automatismo.

Habitualmente desde la psicoterapia de carácter dinámico se ha trabajado sobre todo en este sentido de promover la concienciación a distintos niveles, desde los más profundos niveles del inconsciente en las corrientes más clásicas a una toma de conciencia más cercana a lo afectivo y sus modos de relación en las corrientes más contemporáneas.

Si bien la concienciación puede ayudar a promover el cambio, facilitando que la persona se conozca a sí misma y de esta manera pueda hacerse mejor cargo de su problemática, aprendiendo a gestionarla, o lograr una elaboración superficial a través de la cual se atenúe el conflicto, para conseguir el cambio profundo de la estructura de personalidad hace falta mucho más.

Así se ha entendido que era la “interpretación” normalmente lo que curaba, es decir al comunicarle el terapeuta al paciente aquello que se ponía de manifiesto a través de la relación transferencial y de lo que este no era consciente. Nosotros entendemos que debe ser más bien el paciente el que vaya tomando conciencia de su realidad y de cómo le ha influido su pasado en la medida en que este se vaya sintiendo preparado, es decir se vaya promoviendo el cambio en el sentido que hablábamos anteriormente desde la relación simbólica con el terapeuta.

Cuando hablamos de que la concienciación no es el objetivo que se debe perseguir a priori con ello tampoco queremos significar que el terapeuta deba enfocarse en exclusiva en el inconsciente o la modificación de este, debe prestar atención a lo que se manifiesta en la persona en su totalidad en cada momento, que suele ser a través de expresiones verbales o más conscientes pero que dejan vislumbrar lo inconsciente puesto en juego, y es esto lo que orienta al terapeuta en su modo más adecuado de comunicarse con él o adoptar un comportamiento estratégico, que estimule la evolución del paciente.

 

 

 

LOS NIVELES DE LO INCONSCIENTE

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