
Dentro de la psicología y el psicoanálisis se ha venido teorizando acerca de la importancia que tiene el ambiente vs los factores internos (genéticos, tendencias a configurarse el psiquismo de determinada forma, pulsiones innatas, rasgos de carácter predeterminado genéticamente, temperamento… etc) en la configuración de la personalidad y por ende en el origen de los trastornos mentales.
Así desde la orientación cognitivo-conductual se han destacado más los factores genéticos, los rasgos de personalidad se consideran algo muy influido por lo biológico y difícilmente modificable, se tiene en cuenta el ambiente pero sólo desde la influencia de los estímulos o contexto actuales en la conducta inmediata, mientras que desde la vertiente psicoanalítica se ha venido destacando desde su gestación la importancia del pasado histórico sobre todo de la infancia en el origen de los problemas psíquicos.
Desde el psicoanálisis más clásico sin embargo se ha dado un peso preponderante a la influencia de las pulsiones internas de origen genético (amorosas y agresivas) en la determinación de un tipo de estructura de personalidad, y también condicionante de la patología, y de la tendencia de la psique a organizarse en función de ciertos esquemas (Complejo de Edipo … etc) siguiendo marcadores biológicos como el desarrollo psicosexual (etapa oral, anal, fálica… etc), y que debido a su complejidad es proclive a la formación de conflictos psíquicos, fijaciones o traumas. Así si bien se tiene en cuenta el ambiente para entender cómo se originan estos conflictos y traumas, se entiende que el conflicto es más algo interno en el sentido de fantasías o ideas que se contraponen pero de las que la persona no es consciente, lo importante no es tanto lo que le ocurrió a la persona sino la interpretación que hizo del suceso y como lo interiorizó. Así el trabajo en psicoterapia consistiría en sacar a la luz estos conflictos reprimidos (hacerlos conscientes), para así poder elaborarlos, darle un significado distinto a lo que le ocurrió y que se resuelva en cierto modo de esta manera.
Sin embargo en las teorizaciones dentro del psicoanálisis que surgieron posteriormente se fue destacando el papel del ambiente en el origen de los trastornos mentales, así autores como Ferenczi, Winnicott, Kohut… etc, reivindicaron el peso de la experiencia real externa y los sucesos traumáticos (frente a fantasías que se gestaban de manera más bien interna), la importancia de los cuidados de los padres en los primeros años, así como la influencia de la relación con el terapeuta para poder reparar las carencias infantiles.
Desde corrientes más actuales, lo que se ha llamado Psicoanálisis relacional en contraposición a las posturas clásicas se ha rescatado de nuevo el factor ambiental, y sobre todo la importancia de la relación en psicoterapia. Se ha pasado al extremo contrario en el sentido de que prácticamente se niega la influencia de deseos o pulsiones internas en la determinación de la conducta, considerando al ser humano prácticamente como una víctima pasiva de su entorno.
Ahora vamos a exponer nuestra consideración a este respecto y es que si bien está demostrado que el ambiente en el que crece un niño determina en gran medida el modo en que se configura su personalidad y su salud mental futura, quien tenga hijos o esté en contacto cercano con niños se da cuenta de que tampoco son criaturas pasivas e inocentes, así tienen deseos y tendencias posesivas, narcisistas, agresivas y egocéntricas que sólo a través de una socialización adecuada se van modificando, integrando y orientando en modo más benéfico.
Pero más allá de en qué medida influye el entorno o los factores internos o pulsionales (pues está claro que ambos nos determinan), y el peso que se pueda atribuir a cada uno (que puede variar dependiendo también del momento y circunstancias concretas), en nuestra experiencia la sanación suele requerir el conectar con nuestros afectos o tendencias inconscientes que se activaron en cada momento y que nos hizo sentir partícipes activos del mismo, dándole un sentido propio a la experiencia.
Retomar el crecimiento implica igualmente un sostener nuestro sentido de agencia sobre las fuerzas internas que nos habitan para en una puja continua contra la realidad, como entre Escila y Caribdis, ir progresando hacia metas más elevadas en nuestra humanidad.
Así la intervención en psicoterapia no debe estar orientada únicamente a reconocer el daño que nos hicieron, o que el modo en que se comportaron con nosotros no fue el más adecuado, sino poder sintonizar con el estado afectivo del niño en ese momento y que ha contribuido a anclarlo en la patología o a un modo distorsionado de percibir la realidad. Esto tampoco significa que responsabilicemos o culpemos al niño de lo que le ocurrió o la manera en la que respondió o le afectaron los sucesos.
Vernos únicamente como víctimas pasivas de nuestras circunstancias, es más cómodo, pues es más fácil echarle siempre la culpa a otro de lo que nos ocurre, y seguir igual, que tomar partido y hacernos cargo verdaderamente de nuestro sufrimiento y dificultades.





