
La distancia simbólica en psicoterapia se puede definir como la reserva que se mantiene respecto a la participación o implicación en la relación terapeútica (sobre todo por parte del terapeuta) y que favorece la creación de un espacio de proyección simbólico o de juego, y que permite a la persona representarse en los distintos escenarios que necesita para su sanación.
Es algo parecido al juego de los niños, el niño pone todo de sí en el juego, pero a la vez mantiene cierta distancia que le permite distinguir el juego de la realidad, privándole del peso de esta, pero no de su poder para transformar su mundo interno.
También favorece lo que se ha denominado transferencia en psicoterapia al utilizar al terapeuta especialmente como objeto de sus proyecciones y haciéndole desempeñar distintos roles, y dándole el poder para intervenir a favor de su curación.
Debido a esta “pregnancia simbólica” que adquiere el espacio terapeútico todo lo que allí sucede se vuelve significativo y por lo tanto con capacidad para impactar sobre el psiquismo y favorecer el cambio a través de la experiencia terapeútica.
El psicoanálisis ha sido denostado en parte por esa imagen de la figura del psicoanalista como alguien frío, que se mantiene en el anonimato y en una actitud mayormente silente.
Nosotros consideramos qué si bien ha de mantener cierta distancia para preservar ese espacio de proyección que le diferencie de una relación real, también es importante que mantenga en cierto modo una actitud interactiva, pues como decía Luis Cencillo “una persona frente a otra en total silencio no acaba de funcionar como tal”. También si se espera que la relación resulte reparadora, el terapeuta ha de desempeñar ciertas funciones que permitan compensar carencias y favorezcan la estructuración de la personalidad.
Tradicionalmente se ha pensado que el terapeuta no podía satisfacer las necesidades infantiles primarias porque ello implicaría graves riesgos, cómo el fomento de una dependencia patológica o que el paciente se estancara en una posición regresiva.
Nosotros no estamos de acuerdo con esta postura, así puede resultar contraproducente satisfacer ciertas demandas pero no cuando parten de necesidades emocionales profundas, y se hace de manera simbólica y medida.
El nivel de relación es algo que se debería adaptar también al tipo de problemática y momento dentro del proceso terapeútico, así en los trastornos más graves el nivel de relación ha de ser mayor pues la persona necesita apoyarse más en la figura del terapeuta para progresar.
En cambio un exceso de relación dificulta el hacer un trabajo más simbólico y profundo en personas más estructuradas.
Sin embargo aunque como decimos el terapeuta ha de ser interactivo tampoco lo ha de ser como en una relación cotidiana o de café, que haría que se convirtiera en una charla superficial, ya que hay que recalcar que la sanación es algo que surge fundamentalmente del interior de la persona y de la profundización en su mundo interno.
Ha de ser una interacción además bastante medida en sus contenidos y sutil, ya que todo lo que el terapeuta diga va a tener gran influencia una vez establecida la transferencia, y para evitar adoctrinamientos.





