¿CÓMO SE FORMA NUESTRA PERSONALIDAD?

como se forma nuestra personalidad

La mente humana se configura de tal manera que va adquiriendo progresivos niveles de complejidad e integración a lo largo de toda la infancia y adolescencia fundamentalmente, ya que los cambios y evolución de esta en la edad adulta suelen ser proporcionalmente mucho menores, y el carácter en su esencia tiende a fijarse y estabilizarse.

¿Pero cómo se forma realmente nuestra personalidad?

Por mediación del vínculo del niño/a con las personas significativas es como este va forjando su identidad. En un principio la identificación del niño con sus cuidadores es casi total, al igual que la dependencia de estos.

Posteriormente va adquiriendo más autonomía, y siendo más capaz de diferenciarse de sus figuras de apego, mostrando una personalidad incipiente, esto siempre que sus necesidades afectivas sean cubiertas de forma adecuada. Así mantener un vínculo seguro de apego con sus cuidadores, que le presten atención, le reflejen y ayuden a regular sus emociones, que le hagan sentirse reconocido, querido y valorado, que se muestren como un modelo de conducta para este, que le ayuden a ir alcanzando niveles progresivos de tolerancia a la frustración y a aceptar las normas sociales poniendo límites adecuados a su edad, que le proporcionen un entorno estable y que cubra sus necesidades.

Así podemos distinguir varias etapas evolutivas más o menos diferenciadas en el desarrollo de la personalidad.

Etapas evolutivas en el desarrollo de la personalidad

1. Etapa Simbiótica o Ambivalente

El niño/a muy pequeño es por naturaleza narcisista en el sentido de que siente que el mundo gira a su alrededor, en los primeros meses ni siquiera diferencia entre sí mismo y el otro y así debe ser, y la dependencia con el cuidador primario es total.

Cuando empieza a diferenciar en cierta medida entre lo interno y externo, tiende a disociar lo bueno o placentero como perteneciente a uno mismo y lo malo o displacentero como algo externo, la personalidad en esta etapa aún no está integrada, ni suelen tener una imagen integrada del otro (al que pueden percibir alternativamente como bueno y malo en función de que en medida satisface sus necesidades). Muchas personas con trastornos graves hacen una regresión a esta etapa y son excesivamente dependientes y con dificultades para mantener una identidad estable, disociando los afectos.

2. Etapa Narcisista

Después, a partir de aproximadamente los 2 años el niño/a adquiere más autonomía, va siendo mucho más capaz de tener en cuenta al otro y sus sentimientos y desarrolla la capacidad de empatía, pero sigue percibiendo al otro en parte como un reflejo de sí mismo (etapa propiamente narcisista), y es muy dependiente del otro para mantener una imagen estable de sí mismo y de su autoestima, tienden a percibir al otro como un objeto que cubre sus necesidades, hay poca capacidad de reciprocidad.

Hoy día muchas personas funcionan a este nivel, por eso se considera que nuestra sociedad es narcisista y pueril, así tienden a preocuparse exclusivamente por sus intereses y buscar la satisfacción inmediata (baja tolerancia a la frustración) y perciben al otro como un objeto para conseguir sus propósitos o que satisfagan sus necesidades, tienen dificultad para aceptar límites y son vulnerables en su autoestima (aunque muchos tengan un autoconcepto en apariencia inflado o grandioso).

Frecuentemente necesitan un refuerzo constante del otro para sostenerse, que suelen obtener de las redes sociales o intentan compensar con múltiples autoexigencias en el plano profesional o de consumo o también manteniéndose ocupados y así llenar el vacío emocional. También se ha vuelto más habitual acudir al psicólogo en parte por esa mayor de necesidad de sostén y de escucha que no suelen encontrar fuera, pero pocos se comprometen en un verdadero trabajo de cambio.

3. Etapa Edípica o del «Tercero rival»

En psicoanálisis se considera que para que el niño/a sea capaz de tener de verdad en cuenta al otro, desarrollar una conducta de reciprocidad y moral, ha de ser capaz de entrar en la terceridad, o aceptar la presencia de un tercero rival en las relaciones a través de la elaboración del Complejo de Edipo entre los 3 y 6 años aproximadamente.

Vamos a explicar más en detalle lo que queremos decir con esto, antes de los 3 años el niño puede haber adquirido una identidad más o menos integrada (se percibe a si mismo de manera más o menos estable y diferenciada de sus cuidadores) pero se relaciona con el otro que suele ser la madre como si estuviera en exclusiva para satisfacer sus necesidades y como si la relación de afecto que mantiene con el niño fuera también privilegiada por así decirlo, como una relación de a 2 (en modo simbólico), la madre es el reflejo del niño y el niño puede sentir como que él es todo para la madre.

Al entrar en juego el tercero, que suele ser la figura paterna (pero que pueden ser los hermanos también u otros aspectos a los que la madre dedique atención y que no sea el niño) es decir al dar cabida a esta figura o introyectar la figura paterna y al identificarse con esta le permite al niño salir de la dependencia exclusiva de la madre y abrirse a otro modo de relación. Que implica como cierto salto también en el narcisismo y la identidad (se vuelve mucho más estable y menos dependiente del otro), como el padre representa en cierto modo también la prohibición o el coto a la satisfacción de los deseos del niño le permite instaurar una nueva instancia, el Superyo, representativa de la moral o de los límites que impone la realidad.

Aquí entran en juego como decimos la reciprocidad en las relaciones, pues nadie está en exclusiva para satisfacer tus necesidades, tener en cuenta de verdad al otro (no como el reflejo de uno mismo o del que obtener la valoración o apoyo), las normas implican igualmente un acuerdo de respeto y consideración mutua hacia el otro (que va más allá de la empatía es decir de ser consciente del daño hacia el otro cercano), aunque una verdadera moral no se alcanza con suerte hasta la adolescencia. En la niñez las normas se perciben más bien como una imposición externa que evita ser castigado o la perdida de afecto.

Es decir el niño al aceptar la existencia de un tercero excluido, es capaz de colocarse en otra posición que permite progresar en todos estos aspectos, aceptar límites, tolerar en mayor medida la frustración, salir del egocentrismo, insertarse en lo social… etc

4. Niñez tardía o etapa de Latencia

Aunque pasando esta etapa sigue siendo bastante dependiente de los padres y hasta llegar a la adolescencia los padres van a ser el referente principal para el niño identificándose con sus valores e ideales. La relación con ambos padres va a sentar el modo de relación que el niño va a ser capaz de mantener cuando sea adulto.

5. Pubertad y adolescencia

Solamente al llegar a la adolescencia “con suerte” nos vamos desprendiendo en parte del legado e influencia de los padres para forjar una identidad propia, aunque hay muchas personas que incluso ya de adultas son muy dependientes de lo que los padres les dicen o su forma de ver el mundo y siguen manteniendo con estos una relación más como cuando eran niños y necesitando ese apoyo o afecto continuo por parte de estos, y con poca diferenciación.

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